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La familia de Pascual Duarte

 

¡Los habitantes de las ciudades viven vueltos de espaldas a la verdad y muchas veces ni se dan cuenta siquiera de que a dos leguas, en medio de la llanura, un hombre del campo se distrae pensando en ellos mientras dobla la caña de pescar, mientras recoge del suelo el cestillo de mimbre con seis o siete anguilas dentro!

Este es el primer fragmento que me ha llamado especial atención de esta obra, de obligada lectura para nuestro curso de Segundo de Bachillerato. Como tantas muchas otras, no comprendo, en parte, por qué fue elegido uno de los libros cuyos textos es probable que estén presentes en la prueba de Selectividad de la asignatura, pero he de admitir que, aunque en su conjunto, lo que viene a decir la obra no es especialmente de mi gusto, hay cosas del libro que me han impresionado bastante.

Voy a continuar con mi relato; triste es, bien lo sé, pero más triste todavía me parecen estas filosofías, para las que no está hecho mi corazón: esa máquina que fabrica la sangre que alguna puñalada ha de verter.

Pascual Duarte es, ante todo, un hombrecillo complejo. Creo que en el fondo no es una mala persona, más bien me atrevería a decir lo contrario -si bien le cogió gustillo a eso de asesinar- porque sobre él pesaban demasiado las costumbres y sobre todo, la incesante desgracia que nunca se separó de él.

A la desgracia no se acostumbra uno, créame, porque siempre nos hacemos la ilusión de que la que estamos soportando la última ha de ser, aunque después, al pasar de los tiempos, nos vayamos empezando a convencer -¡y con cuánta tristeza!- que lo peor aún está por pasar…

Lo que más me llama la atención de este personaje es que, a pesar de todos sus errores, es un hombre que piensa, que se deja invadir por lo sentimientos que a él llegan; es por eso que me parece humano, verdaderamente humano.

Cerca de un mes entero he estado sin escribir; tumbado boca arriba sobre el jergón; viendo pasar las horas, esas horas que a veces parecen tener alas y a veces se nos figuran como paralíticas; dejando volar libre la imaginación, lo único que libre en mí puede volar; contemplando los desconchados del techo; buscándoles parecidos, y en este largo mes he gozado -a mi manera- de la vida como no había gozado en todos los años anteriores: a pesar de todos los pesares y preocupaciones.

Digamos que, el autor nos ha querido transmitir que, para Pascual, la estancia en la cárcel es una liberación -una contradicción bastante grande- ya que no está expuesto a cometer ningún crimen y puede ser él mismo aunque sea sólo en su cabeza. Después de salir de la cárcel, Pascual vuelve a cometer errores, lo que nos viene a querer decir, que hombres como él merecen estar toda su vida dentro -cosa en la que difiero con el autor; creo que no hay que ser muy inteligente como para darse cuenta del fracaso de la cárcel en cuanto a que una persona cambie a bien-.

Quería poner tierra entre mi sombra y yo, entre mi nombre y mi recuerdo y yo, entre mis mismos cueros y mí mismo, este mí mismo del que, de quitarle la sombra y el recuerdo, los nombres y los cueros, tan poco quedaría.

Así es como Pascual va despidiéndose de nosotros en su novela; Pascual… un hombre al que, desde luego, hubiera sido interesante conocer.

Por hoy me despido, sé que algunos tenían ganas de que volviera a postear, así que aquí me tenéis de nuevo -y he vuelto con ganas-. Mi ausencia en estos días, pues, sinceramente… no se debe a nada en particular. Espero que disfrutéis.

Hasta pronto

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Bernardo Atxaga

‘La luminosidad que reinaba en el interior del autobús daba nitidez a la columna de humo que salía de su cigarrillo, y se entretuvo en observar sus evoluciones, en seguir con la vista los rizos y las espirales que formaba la liviana materia antes de difuminarse en el techo del autobús. Por un momento, pensó en su vida y en las cosas que deseaba olvidar; pensó que debía esforzarse en convertir parte de su vida en humo, un humo que luego, como el del cigarrillo, formaría espirales y rizos para acabar desapareciendo en el aire.’

Fragmento de Esos cielos, 1994.

Aquí tenéis el enlace a un poema suyo, Muerte y vida de las palabras, que aparece en la primera página del libro El hijo del acordeonista. También se pueden leer las seis o siete primeras páginas de dicho libro.

http://www.puntodelectura.com/upload/primeraspaginas/84-663-1661-2.pdf?PHPSESSID=d8be48711b2b1ea8e28f2794176

Este es Joseba Irazu Garmendia, de pseudónimo Bernardo Atxaga. Actualmente, sobre todo a raíz del estreno de la película Obaba (basada en relatos de su libro Obabakoak) sus libros se han traducido al español y a otros idiomas, en la editorial Alfaguara.

Libros como El hombre solo, que narra cinco días en la vida de Carlos, antiguo miembro de ETA, a quien le piden que esconda a dos miembros de la banda, o Esos cielos, que relata el viaje en autobús de una mujer que acaba de salir de la cárcel (el viaje hacia el mundo exterior). En el 2003, publica El hijo del acordeonista, casi el mejor para mí, aunque he de reconocer que me gustan todos, en especial Obaba. Es un libro bastante largo, pero que no se hace pesado, ese tipo de libros que nunca quieres que acaben porque no quieres abandonar el mundo en el que te sumergen (en este caso, el mundo rural vasco).  Un dato curioso: actualmente, Bernardo vive en Zalduondo, un pequeño pueblo de Álava que tiene, aproximadamente, 150 habitantes.

En resumen, Joseba (prefiero llamarle así) ha conseguido hacerse un gran hueco dentro de la literatura, pero especialmente, dentro de la literatura vasca, que tan necesitada andaba de autores que se atrevieran a publicar en euskera.

Por hoy os dejo, no sin antes dejaros una cita del autor, que sale en la película del post anterior, La pelota vasca.

‘Para mí la lengua no tiene que ver con la política, está más allá, es en todo caso una poética, forma parte de mi instalación en el mundo’

¡Versos y abrazos!

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